Escuchaba,
lo único que podía hacer, lo que el miedo y el terror
la permitían. Agazapaba esperaba que la tormenta pasase y que
volviese a ser la misma. Una parte la decía que solo era una tontería, pero...
era tan pequeña, se veía silenciada por el frenesí de su cabeza; los impulsos
la controlaban dejando la razón olvidada. Sólo podía sentir el dolor del
pecho, el aliento de sus fantasmas en su espalda, el calor de sus mejillas...
algo comenzó a brillar en el fondo de su mente, dejó de tiritar y sintiéndose valiente
abrió los ojos. No estaba aquello de lo que huía. Un miedo diferente la
recorrió el cuerpo, propio de un sudor frío que agudizó sus sentidos y la puso
alerta. Lívida como estaba dejó de llorar y compadecerse, era capaz
de pensar, sus sentimientos eran ahora un tapiz de
fondo. Rápidamente organizó sus ideas y miró al cielo buscando las
estrellas, guías de otras tantas noches; pero no se acordó de que llovía ni
del vendaval que azotaba los rosales contra sus piernas, la dura
realidad la golpeó, estaba sola, sola.